La oscuridad se había dejado caer por allí como colega de toda la vida. Eran ya más de las once de la noche, y como todos los días a esas horas, la ciudad estaba envuelta en una bruma grisácea que empapaba todo de un olor a viejo y a humedad.
La chica, demasiado joven para un barrio como este, salía de un alto edificio adornado con una cochambrosa fachada. Con andar firme y seguro, su ardiente melena anaranjada (que recordaba en todo momento que no era más que una niña a la que robaron su niñez) se cruzó con la luz de una tímida luna llena escondida tras los otros edificios habitados ahora por felices familias de ratas.
Ya en la calle, fijó su mirada donde el horizonte se disolvía y esta le devolvió calles estrechas pero con el suficiente espacio para dejar pasar dos coches si estos subían sobre las aceras. El ruido de los motores dotaba de una ronca banda sonora a la escena, tan solo rota por el chocar de los tacones rojos de la chica contra el cemento. Su paso decidido desgastaba los tacones al mismo ritmo que desgastaba su vida; lentamente pero sin demora, paso tras paso.
Las palabras de ese gordo aún retumbaban en su cabeza. “Haz que parezca un accidente, y a ser posible, que sufra tanto como nos hizo sufrir a nosotros…” y ella así lo haría. Pese a tener sólo 21 años era una experta en su trabajo: le robaba la vida a la gente y así se ganaba la suya. Muertes por dinero, era sencillo y lo tenía bien claro; al fin y al cabo, por pocos años que tuviese, no dejaba de ser una vulgar mercenaria perdida en el siglo XXI.
*Continuará
Foto: cinderella de lapeet1
Dedicado a todas las sanguinarias portadoras de tacones que conozco, y no son pocas.







